miércoles, 29 de noviembre de 2017

¡A Ti todo loor, gloria y honor!

Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas. 
Apocalipsis 4:11.

Lectura: Apocalipsis 4:1-11.  Versículo del día: Apocalipsis 4:11.

MEDITACIÓN DIARIA

El apóstol Juan nos describe cómo sería el trono en el cielo de acuerdo a la revelación dada por el Señor. Allí solo se escuchará alabanza y se le rendirá adoración a nuestro gran Dios: “Y día y noche repetían sin cesar: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era y que es y que ha de venir” (v. 8b). Los que repetían sin cesar eran los cuatro seres vivientes y cada vez que ellos lo hacían, los ancianos se postraban ante Él y adoraban al que vive por los siglos de los siglos. El Señor Jesucristo es el que era, el que es y el que ha de volver. El evangelio de este mismo discípulo nos dice lo siguiente: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir” (Juan 1:1-3). Por medio de Jesucristo fue creado todo. De razón que Génesis afirma: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:26a). Definitivamente, el Verbo estaba desde el principio y por haber cumplido excelentemente su misión aquí en la tierra merecía, merece y merecerá que le aclamemos con corazón, alma, mente y fuerza: “Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas”.
Estoy plenamente convencida que al cielo llegaremos llenos de alabanzas y loores para nuestro buen Jesús. Siempre he contado que cuando mi madre murió le pregunté angustiada al Señor en dónde estaría ella y tuve una hermosa visión a través de un sueño creo: yo estaba terminando ya la cuesta a una elevada montaña y mi madre me estiró la mano para ayudarme a dar el último escaño diciéndome  a la vez, que le apurara porque allá en el cielo, todos adoraban al Señor. Y así lo vi: por doquiera que pasábamos se escuchaban cantos de alabanza y adoración. Después de eso desperté en medio de una luz, una paz y un olor fragante. Fue una experiencia inolvidable. No te vayas a perder esta sinfonía de adoración a nuestro Salvador y Rey. Entrégale tu vida y serás partícipe de ella.

Amado Señor Jesús: A Ti todo loor, gloria, honra y poder porque la victoria fue tuya al derrotar al enemigo y a la muerte. ¡Tú venciste Señor para darnos el derecho de estar en tu presencia! ¡Te amamos Señor!

Un abrazo y bendiciones.

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