martes, 3 de abril de 2012

El trabajo es una bendición

He visto, pues, que nada es mejor para el hombre que disfrutar de su trabajo, ya que eso le ha tocado.
Eclesiastés 3:22.


Lectura diaria: Eclesiastés 3:16-22. Versículo principal: Eclesiastés 3:22.


REFLEXIÓN


El trabajo no es una maldición ni producto del pecado como muchos piensan. Si vemos, desde el comienzo Dios le puso una misión a Adán: “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara”; “Entonces Dios el Señor formó de la tierra toda ave del cielo y todo animal del campo, y se lo llevó al hombre para ver qué nombre le pondría. El hombre le puso nombre a todos los seres vivos, y con ese nombre se les conoce” (Gén. 2:15 y 19). En ese momento, Adán todavía estaba solo, no se había producido la caída.

El Señor nos manda trabajar de la mejor manera: “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor, y no como para nadie en este mundo” (Col. 3:23). El trabajador cristiano diligente da testimonio de su fe y esto es lo que hay que hacer.

Las sociedades donde la ética protestante del trabajo (Max Weber) se extendió, como los países escandinavos, Holanda, Alemania, Suiza, el Reino Unido, Canadá y los Estados Unidos son los más prósperos. El pueblo de estos países tiende a centrarse en sus raíces ancestrales sobre la concepción del trabajo y para ellos no es un problema. Lo contrario sucede en los países como España, Italia o América Latina donde se fundamentó el catolicismo y se ve el trabajo de la misma manera que desafortunadamente nos tildan: apáticos, perezosos, tramposos. Siempre queriendo sacar provecho de los demás y entre menos esfuerzo haya mucho mejor. A parte de esto hay un mal generalizado: la envidia que carcome y no produce ni deja producir.

La Biblia es tan enfática como diciente en aspectos relacionados al trabajo. Por ejemplo nos dice: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” y prosigue Pablo en su carta: “Nos hemos enterado de que entre ustedes hay algunos que andan de vagos sin trabajar en nada, y que solo se ocupan en lo que no les importa. A tales personas les ordenamos y exhortamos en el Señor Jesucristo que tranquilamente se pongan a trabajar para ganarse la vida” (2 Ts. 3:10 y 11-12).

El trabajo dignifica y enaltece: “El de manos diligentes gobernará; pero el perezoso será subyugado” (Pr. 12:24). Es una insensatez dejarse llevar por la pereza: “¡Anda, perezoso, fíjate en la hormiga! ¡Fíjate en lo que hace, y adquiere sabiduría! No tiene quien la mande ni quien la vigile, ni gobierne; con todo en el verano almacena provisiones y durante la cosecha recoge alimentos” (Pr. 6:6-8). El buen trabajador no necesita un guardián encima; es responsable y sabe cumplir con su deber. Ese fruto de su trabajo será lo que cosechará no solo para su vida actual sino también para su futuro.

Aprendamos a ver el trabajo como una de las bendiciones más grandes otorgadas por nuestro Dios. Seamos responsables con lo encomendado demostrando ante el mundo que a quien servimos es al Señor y no a los hombres, y obtendremos grande recompensa.


Señor: Permítenos dar el testimonio exacto con el trabajo que realizamos. Queremos ser ecuánimes en todo momento: laboriosos y diligentes como tú lo mandas pero sin dejarnos llevar por la labor como una adicción o escape sicológico.


Un abrazo y bendiciones.

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