Pero en cuanto a mí, casi perdí el equilibrio; mis pies resbalaron y estuve a punto de caer, porque envidiaba a los orgullosos cuando los veía prosperar a pesar de su maldad.
Salmo 73:2-3. NTV.
Lectura: Salmo 73:1-28. Versículos del día: Salmo 73:2-3.
MEDITACIÓN DIARIA
A veces nos sucede que pareciera
que antes no hubiéramos visto la porción de la Biblia que estamos leyendo. Hoy
me pasó exactamente eso, con este Salmo. Lo leí y lo volví a leer y tal como
dice el Salmista, me cuestioné porque en muchas situaciones, le he preguntado
al Señor, ¿por qué a esa persona que es tan mala, le va tan bien? (vv. 2 y 3).
Creo que a veces no alcanzamos a dimensionar la soberanía de Dios, por una
parte; y por la otra, la misericordia y amor de Él, aún por los pecadores. “Pareciera
que viven sin problemas; tienen el cuerpo tan sano y fuerte. No tienen
dificultades como otras personas; no están llenos de problemas como los demás” (vv.
4 y 5 en la lectura). Entonces, “Traté de entender por qué los malvados
prosperan, ¡pero qué tarea tan difícil!” (v. 16). Sin embargo, el Señor nos da
la respuesta: “En verdad, los pones en un camino resbaladizo y haces que se
deslicen por el precipicio hacia su ruina. Al instante, quedan destruidos, totalmente
consumidos por los terrores” (vv. 18-19). El Salmista termina su Salmo
reconociendo que fue necio e ignorante sus cuestionamientos a Dios, entonces
dice: “Sin embargo, todavía te pertenezco; me tomas de la mano derecha. Me
guías con tu consejo y me conduces a un destino glorioso” (vv. 23-24). Y sin
decirnos mentiras tenemos que admitir que nos pasa exactamente igual. Podemos
contender con el Señor y abrirle el corazón de par en par, incluso cuestionándolo
porque creemos no estar de acuerdo con sus desafíos. Pero al final hay que
reconocer que Él es lo más hermoso que tenemos, Él es nuestro Todo; sí, Él es
mi TODO: “¿A quién tengo en el cielo sino a ti? Te deseo más que cualquier cosa
en la tierra. Puede fallarme la salud y debilitarse mi espíritu, pero Dios
sigue siendo la fuerza de mi corazón; él es mío para siempre”. Sí, sí; con
alegría y gratitud gritaré muy fuerte: ¡Que Él es MÍO para siempre!
Bendito Señor
Jesús: muchas gracias por permitirnos acercarnos a Ti para proclamar tu Nombre
y para decirte que reconocemos tu soberanía, misericordia y amor. Gracias
porque al igual que el Salmista también yo digo que te pertenezco; que necesito
me tomes de la mano y me guíes con tu consejo. Gracias Buen Jesús, Eres mi Todo
y te necesito; sin Ti no se volar, no sé andar. ¡Te deseo más que cualquier
cosa en la tierra! ¿A quién tengo yo en el cielo sino a Ti? Mi Buen Señor, Eres
mi TODO y sin Ti, no soy nada. Eres MÍO para siempre. ¡Aleluya!
Un abrazo y bendiciones.