jueves, 24 de febrero de 2011

Buscar al Señor con tiempo

Busquen al Señor mientras se deje encontrar, llámenlo mientras esté cercano.
Isaías 55:6.


Lectura diaria: Isaías 55:6-13. Versículo para memorizar: Isaías 55:6.


ENSEÑANZA


Mi niña se asusta cada vez que suceden terremotos o cualquier otra clase de desastre natural. Ahora según los comentarios de sus amigos y compañeros que hablan sobre el efecto dominó, después de lo de Egipto, con mayor razón. Según ellos, creen que ya va a llegar la gran tribulación y todo está por terminar. Mis palabras para ella son las mismas que deseo compartirles. En verdad, no sabemos ni el día ni la hora (Mt. 25: 13), dice la Palabra de Dios; pero sí debemos estar preparados para cuando llegue el momento no nos coja desapercibidos y nos suceda como en la parábola de las jóvenes que se quedaron dormidas y cuando llegó el novio las encontró sin la provisión de aceite para sus lámparas, y por consiguiente no entraron al banquete con él.

Nos exhorta el versículo del día a buscar al Señor mientras pueda ser hallado. Recordemos que estamos en el periodo de la gracia y que en este tiempo somos salvos por regalo de Dios. Su bondad y misericordia están disponibles para todo aquel que acepte a Jesús como el Mesías y Salvador del mundo. Cuando empiece la tribulación, la Iglesia de Dios ya no estará presente, pues se habrá ido con su novio el Señor Jesucristo y para alcanzar la salvación en esa etapa, tendrá que ser incluso con la misma muerte. “Que abandone el malvado su camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios, que es generoso para perdonar, y de él recibirá misericordia” (v. 7). Cuando esto suceda, Dios mostrará el camino correcto para seguirle guiados en paz, y saldremos con alegría y júbilo en el momento que esté dispuesto para irnos con el Señor.


¿Temes por tu futuro y por los acontecimientos actuales? Mi mejor y único consejo: Busca al Señor y comprueba por ti mismo que su Palabra es verdad y que todo se cumplirá tal como está escrito. Si deseas puedo guiarte con una corta oración para que empieces a comprender y conocer lo que Dios tiene preparado para los tiempos finales. Oremos:


Padre celestial: Hoy entiendo que mandaste a tu Hijo al mundo para darnos gratuitamente la salvación. Señor Jesús, te entrego mi vida y te acepto como mi único y suficiente Salvador. Perdona mis pecados y dame la vida eterna que ofreces para ir contigo a celebrar tus bodas y no quedarme por fuera. Gracias Señor por perdonarme y limpiarme, por venir a morar conmigo y por darme el poder de tu Santo Espíritu para guiarme e instruirme. En el nombre de Jesús, amén.


Un abrazo y bendiciones.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Restauración de la mujer

Tú, mujer estéril que nunca has dado a luz, ¡grita de alegría! Tú, que nunca tuviste dolores de parto, ¡prorrumpe en canciones y grita de júbilo! Porque más hijos que la casada tendrá la desamparada –dice el Señor–.

Isaías 54:1.


Lectura diaria: Isaías 54:1-6. Versículo para memorizar: Isaías 54:1.


ENSEÑANZA


Es impresionante como el Señor se acuerda de la mujer y aunque en este pasaje se refiere a Sión (Jerusalén), virtualmente Dios nos muestra cómo restaura y dignifica a aquella mujer que ha sido atropellada por no tener hijos, o por haber sido abandonada por su esposo: “No temas porque no serás avergonzada. No te turbes porque no serás humillada” (v. 4). Más adelante afirma lo siguiente: “Porque el que te hizo es tu esposo; su nombre es el Señor Todopoderoso”; “El Señor te llamará como a esposa abandonada, como a mujer angustiada de espíritu, como a esposa que se casó joven tan solo para ser rechazada –dice tu Dios” (v. 6).

Mujer, ¿es esta tu situación? ¿Has sido humillada, maltratada o calumniada? No te aflijas más. Por más que te abandonen padre, madre, esposo o hijos, Dios estará ahí contigo para protegerte y para sacarte adelante. Él, el Todopoderoso que te formó, te conoce desde siempre y sabe perfectamente de tus debilidades y afanes. Él no te abandonará ni te dejará. Déjate abrazar por el Señor. “Por eso, ahora voy a seducirla: me la llevaré al desierto y le hablaré con ternura. Allí le devolveré sus viñedos, y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza” (Os. 2:14-15). No temas el Señor está contigo y restaurará tu vida.


Y si nunca le has permitido un lugar en tu corazón, te sugiero que lo hagas. Llegó el momento de tomar la decisión y abrazarte de tu Hacedor. Te invito a orar así:


Amado Jesús: Tú más que nadie conoces mi vida y mis aflicciones; hoy decido entregártela para que me lleves por la senda que tienes para mí. Perdona mis pecados y hazme la persona que quieres que yo sea. Te acepto como mi Señor y Salvador. Te doy gracias por venir a morar conmigo, por perdonarme y limpiarme, por restaurarme como mujer que soy y por darme todo el poder de tu Santo Espíritu. Oro en tu bendito nombre Jesús, amén.


Un abrazo y bendiciones.

martes, 22 de febrero de 2011

¿Quién ha creído el mensaje?

¿Quién ha creído a nuestro mensaje y a quién se le ha revelado el poder del Señor?
Isaías 53:1.


Lectura diaria: Isaías 53:1-12. Versículo para memorizar: Isaías 53:1.


ENSEÑANZA


El profeta Isaías como 500 años antes de venir el Señor, profetizó lo difícil que sería que la humanidad creyera en Él. No solamente sucedió cuando vino en carne hace un poco más de dos mil años y fue rechazado por los suyos, sino actualmente, porque el hombre tiene el corazón endurecido y por más que vea y oiga no cree. Isaías nos describe en este capítulo cómo sería su pasión y muerte al punto de quedar completamente desfigurado: “No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable” (v. 2). Si creemos que el Señor quedó tan bonito y completo como nos lo muestra un crucifijo, estamos equivocados. Él fue “varón de dolores, hecho para el sufrimiento” (v. 3b), padeció y murió solamente para venir a darnos libertad tanto en la enfermedad como en el pecado: “Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores”; “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados” (vv. 4 y 5).

Este hombre llamado Jesús, que anduvo por Galilea sanando enfermos, sacando demonios, calmando vientos y tempestades, fue el descrito por el profeta. Él llevó encima el pecado e intercedió por todos. Padeció, murió y resucitó; ahora está vivo y es el que anunciamos. Solamente cuando reconocemos lo hecho y aceptamos que ya pagó nuestra deuda ante el Padre, es cuando en verdad conseguimos la salvación.


¿Deseas creer este anuncio? ¿Recibir el mensaje para ti? Te aseguro que no hay otra manera de tener vida eterna sino solamente con Jesús. Si me permites y quieres, podemos orar así:


Señor Jesucristo: Entiendo todo lo que sufriste en el calvario por mí, quiero entregarte mi vida para que lleves tú el peso de mis pecados y enfermedades. Hoy decido aceptarte como mi único Señor y Salvador. Gracias Jesús por lavarme y limpiarme; gracias por venir a morar conmigo; gracias por darme la vida eterna y todo el poder de tu Santo Espíritu. En tu nombre Jesús, amén.


Un abrazo y bendiciones.

lunes, 21 de febrero de 2011

Amor de madre

La mujer quedó embarazada y tuvo un hijo, y al verlo tan hermoso lo escondió durante tres meses.
Éxodo 2:2.


Lectura diaria: Éxodo 2:1-10. Versículo para memorizar: Éxodo 2:2.


ENSEÑANZA


La historia del nacimiento de Moisés nos deja dos lecciones a las mujeres respecto al amor de madre. Primero vemos a su madre legítima lo que es capaz de hacer con tal de no perder a su hijito: esconderlo en una cesta y dejarlo en medio del río. Enseguida se nos muestra el pasaje con la hija del faraón, quien al verlo lo adoptó como propio; el mismo amor de madre pero con otros matices.

Quizá nunca los hijos valoren el amor que una madre les prodiga, pero aún así, sea como fueren quien está siempre lista a perdonar y continuar es la madre. Por algo dicen por ahí, que el amor más parecido al amor de Dios es el que ofrece una mujer con el calificativo de madre.

En el camino de la vida y ya han crecido nuestros hijos, retrocedemos en el tiempo y es cuando empezamos a apreciar lo que significa ser madre; es decir, cuando la ruleta vuelve y gira. Tal vez, muchas ya no la tenemos y extrañamos sus consejos y mimos, pero solo en esos momentos caemos en cuenta lamentándonos por no haber sido mejores o por haber causado tantos disgustos. La Biblia nos enseña que el primer mandamiento con promesa es “honrar a padre y madre” para que te vaya bien y tengas larga vida. Ese honrar no es solamente velar porque no les falte lo económico, también significa velar porque no les falte el amor, la comprensión, la confianza y la compañía. “Hay cosas que el dinero no puede comprar”, dice una publicidad y se adapta para el caso: no todo es plata, plata y plata. Nada sacamos con ayudarlos económicamente y dejarlos tirados en un ancianato o en una clínica sin volver a determinarlos. Al igual que los niños, ellos necesitan demasiado afecto y compañía. Si una madre, sea biológica o adoptiva puede dar tanto y entregarse sin límites, ¿por qué entonces, no recibir lo más mínimo de amor y respeto de sus hijos, especialmente en la vejez?


Reflexionemos sobre la lectura del día y propongámonos a ser cada día mejores hijos; la recompensa por parte de Dios no se hará esperar. La Palabra de Dios, tiene muchas lecciones al respecto, escudriñémosla para saber cómo comportarnos. Y si nunca has conocido de Jesús ni de su Palabra, te invito a orar así, para que logres ser un mejor hijo(a):


Amado Jesús: Deseo conocerte y entregarte mi vida para que seas mi Señor y Salvador. Ven a mí, perdona mis pecados y hazme la persona que quieres que yo sea. Gracias Jesús, por venir a morar conmigo, por perdonar mis pecados, por lavarme y limpiarme y por enseñarme a respetar y amar a mis padres. En el nombre de Jesús, amén.


Un abrazo y bendiciones.

domingo, 20 de febrero de 2011

Vete en paz

–Tu fe te ha salvado –le dijo Jesús a la mujer–; vete en paz.
Lucas 7:50


Lectura diaria: Lucas 7:36-50. Versículo para memorizar: Lucas 7:50.


ENSEÑANZA


Si cuando tenemos el peso de un disgusto con alguien y dialogamos, llegando a un acuerdo y perdón, esto nos reconforta, ¿cuánto más no se experimentará al acudir a la presencia de Dios pidiéndole perdón por los pecados y saber que somos limpios de toda culpa?

La mujer del relato tenía fama de pecadora (v. 37), probablemente era adúltera y vivía señalada por los fariseos a causa de su pecado. Sin embargo, con corazón arrepentido al saber que Jesús estaba en casa de uno de ellos, no le importó ir hasta allí y postrarse ante el Señor con llanto sincero y conmovedor al punto de derramar sus lágrimas como fuente de agua sobre los píes de Jesús. ¿Qué hizo causar este arrepentimiento? El amor profundo del Señor por los pecadores. Ella lo captó e inmediatamente con corazón humilde se volcó a sus píes, implorando misericordia. “El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado” (Sal. 51:17). Si ella amó mucho, fue porque se le perdonó mucho (v. 47).

Con frecuencia no se valora el amor de Dios porque supuestamente nuestros pecados son leves, sin embargo, ante Dios todos son iguales: simplemente pecados y sean graves o no, Dios no puede con el pecado porque Él es santo. Dios ama al pecador pero detesta el pecado que hay en él.

Aprendamos de esta mujer y vayamos a Jesús con corazón contrito y humillado. Hablemos con Él y pongámonos de acuerdo (Is. 1:18). La misión de Jesús en la tierra fue esa: pagar con su sangre para rescatar al pecador. Solamente cuando volteamos los ojos al Señor y aceptamos su sacrificio podemos encontrar la paz verdadera.


No esperes a ser “bueno” para buscarle. Jesús te está examinando en este momento y quiere que vayas en paz sin ningún peso encima que te oprima. Déjate cautivar por su amor, Él murió y padeció por ti y ahora vive. Es la más hermosa realidad cuando le abres tu corazón. ¿Deseas hacerlo? Podemos orar así:


Señor Jesús: Gracias porque tu amor sincero ha tocado mis fibras más íntimas y hoy vengo a tí para pedirte perdón por mis pecados. Toma mi vida, te la entrego para que hagas con ella lo mejor para mí. Te acepto como mi Señor y Salvador personal. Gracias por perdonarme y limpiarme; gracias porque solamente contigo puedo encontrar la paz que necesita mi alma. En tu nombre Jesús, amén.


Un abrazo y bendiciones.

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